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Crítica tecnológica: más allá del ludismo

Rechazar la tecnología por sistema es tan ingenuo como adoptarla sin pensar. La crítica honesta exige matices.

Cuando alguien cuestiona el progreso técnico, a menudo le llaman ludita. Olvidan que los luditas originales no odiaban las máquinas: odiaban que las máquinas sirvieran para empobrecer a quien trabajaba mientras enriquecían a quien mandaba.

La falsa dicotomía

Nos suelen ofrecer dos posturas cómodas:

  1. Todo avance es bueno y el progreso es una línea recta.
  2. La tecnología nos deshumaniza y hay que volver atrás.

Las dos evitan pensar. Yo prefiero quedarme en el medio, donde duele un poco más.

Preguntas que me hago

Antes de adoptar algo nuevo intento preguntarme:

  • ¿Quién se beneficia de verdad?
  • ¿Quién paga los costes que no salen en el anuncio?
  • ¿Hay alternativas, aunque no sean las más rentables?
  • ¿Para qué sirve realmente, más allá del eslogan?

La herramienta no es neutra

Oír que «la tecnología es neutra, depende del uso» me parece la mentira más cómoda. Quien diseña decide qué es fácil, qué se mide y qué se ignora.

Un sistema pensado para maximizar el tiempo que pasas mirando una pantalla no es neutro. Prioriza la ira, el miedo y el tribalismo porque enganchan.

Elegir con criterio

No hace falta rechazarlo todo. Hace falta elegir:

  • Preferir lo abierto a lo cerrado, cuando sea posible.
  • Pagar por lo que usas en lugar de ser el producto.
  • Guardar lo crítico donde tú mandas.
  • Contar el coste en tiempo y atención, no solo en dinero.

La crítica tecnológica no es odio a las máquinas. Es alfabetización de poder. Quien no entiende cómo la técnica moldea sus incentivos termina sirviendo a la técnica.

La pregunta no es si usamos tecnología. La pregunta es: ¿quién programa a quién?